martes, 25 de diciembre de 2007


—Pobre desgraciado —dijo, haciéndole cosquillas [al gato] en la cabeza—, pobre desgraciado que ni siquiera tiene nombre. Es un poco fastidioso eso de que no tenga nombre. Pero no tengo ningún derecho a ponérselo: tendrá que esperar a ser el gato de alguien. Nos encontramos un día junto al río, pero ninguno de los dos le pertenece al otro. Él es independiente, y yo también. No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene. —Sonrió, y dejó caer el gato al suelo—. Es como Tiffány’s —dijo—.
Breakfast at Tiffany's.

Adoro el olor a jazmín por las mañanas



Me levanté odiando mi nariz. Tan pequeña, tan respingona, tan de mi abuela...La observé durante un buen rato ante el espejo, desafiante, enloquecida. “Oh, vamos, no te hagas la tonta. Mírame cuando te hablo... ¿Qué has hecho conmigo?” Su rectitud me parecía ridícula. Era una nariz ridícula en toda regla. Y esas pequeñas manchas llamadas pecas que la cubrían, pero no del todo...Y aquel aro que atravesaba uno de sus agujeras con otro agujero más pequeño. Estaba maquinando su venganza por haberle hecho tal aberración. Me la hubiese arrancado de no ser porque sin ella, jamás volvería a oler el jazmín. Dependía de ella, y quizá ella querría independizarse de mí. Y no lo entiendo, de verdad. Antes solía gustarme, o por lo menos no la notaba colgar como un ser extraño en medio de mi cara. Sentía que sobraba, era un apéndice más. Temía salir, mi nariz apuntaría a alguien en plena calle y no sabría cómo actuar. Mejor me quedo en casa, que la carga el diablo.

Pensé en cubrirla. La odiaba, la odiaba mucho. Con una nariz de payaso sobre ella me sentiría aun más ridícula, si cabe. Sé que la gente al hablarme, le habla a mi nariz. Es ella quien me controla y acapara toda la atención. Intimida y me busca enemigos. Se encoge con inocencia y deja entrever un colmillo. Afilado y violento, como suelen ser algunas palabras. Aún quedaba algo de odio en mí para arremeter contra ese colmillo. ¡Ajá! Era él quien no me dejaba comer helados y me daba patadas con sus raíces. Estaba siendo un mal día. El espejo también tenía la culpa, y el armario empotrado, y la mesa contra la que me golpeo cuando camino a oscuras. Las cortinas y el cepillo de dientes, también. Todas las cosas me odian a mí, y yo sólo sé odiarlas...

De pronto, lo entendí todo. Ya no tenía sentido seguir molesta con mi nariz, ni con mi colmillo. Me había equivocado de nuevo, y dirigí toda mi ira contra unos seres inanimados. Así era todo más fácil, al fin y al cabo las narices no hablan y no pueden defenderse. La culpable estaba detrás de ella, y era yo misma. Yo era ridícula, yo tenía miedo a salir al mundo real. Yo era afilada como un colmillo. Yo me golpeaba con fuerza y me hacía sangrar. Yo...yo podía cambiar las cosas.


Al menos ya no debía preocuparme por mi nariz, no la odiaba, ni siquiera un poco. Adiós narizoctomía.

domingo, 16 de diciembre de 2007




Señales, señales...
A veces no son lo que esperamos,
y si las esperamos jamás llegan.
Puede que mande una señal de humo...

Mi hipotético adiós

Me voy, me he cansado de ti, y de mí contigo. Estaba muriendo, me has reducido al mínimo y ya ni siquiera sé quién soy. Y sí, reconozco que te echaré de menos, que aunque pase el tiempo recordaré cuando te conocí y empecé a necesitarte. Cuando me agarrabas por la espalda y sentía el suelo temblar. Cuando tiritabas, y sonreías a la vez. Parece que todo pasara hace años, siglos...los días deben ser cada vez más largos. No lo recuerdo con detalle. Ahora ya sólo duele. Pero me haré un poco la valiente y fingiré que este gris del cielo no es cosa tuya. Será mejor así, de verdad. Te hubiese querido siempre. Desde hace un momento todo se ha venido abajo...Quizá lo levante, quizá no. No dependas de lo que pueda decirte, si alguna vez lo hiciste. Cerremos la puerta de una maldita vez, el círculo, lo que sea. Ya no somos lo que fuimos. Te mentiría si dijera que podemos ser amigos, no podría... Si vuelvo me dolerá que hablemos y que me mires como solías hacerlo... No podré pasar por delante de tu portal, me haré añicos. Odiaré a la mujer que elijas para formar una familia, a la cama que te sostenga en sueños, a la gente con la que te cruces por la calle, y sobre todo a mí, por no odiarte ni siquiera un poco...

Nos veremos y hablaremos, o quizá no. Adiós...

Nada en la nevera

Hace un tiempo que ya no soy la que fui hace un tiempo. Estoy podrida por dentro, y vacía. Y no hay nada en la nevera que me llene. Las proteínas y las grasas no me sirven. De hecho nada sirve. Y no sé qué hacer, en qué ocupar el tiempo en el que intento comerme el desasosiego para calmar el hambre de todo y de nada. Es desgana y gana a la vez. Y a veces sólo gana la desgana, y no sé dónde esconderme para que no me coja. Escribir se ha convertido en subir una escalera hacia atrás, o bajarla hacia arriba; un sinsentido. Un laberinto sin desagüe en el que lloro y lloro, y yo que pensé que me hacía ver el fin un poco más lejos, sólo un poco. Y no, no es así, porque me aferra aun más a todo aquello de lo que quiero desprenderme. Leo y releo y cada vez odio más lo que he dicho. Parecen las palabras salidas de una boca extraña, tan ajena a mí como una bestia irreconocible. Pero me siento identificada y vuelve el desasosiego. Soy yo la actriz de toda esta historia, me hincho por dentro de pena y siento reventar dentro de mi habitación. Es ya de noche, miro el reloj y aún son las seis de la tarde. Un poco más de agonía y será la hora de dormir. Por suerte.