
Me levanté odiando mi nariz. Tan pequeña, tan respingona, tan de mi abuela...La observé durante un buen rato ante el espejo, desafiante, enloquecida. “Oh, vamos, no te hagas la tonta. Mírame cuando te hablo... ¿Qué has hecho conmigo?” Su rectitud me parecía ridícula. Era una nariz ridícula en toda regla. Y esas pequeñas manchas llamadas pecas que la cubrían, pero no del todo...Y aquel aro que atravesaba uno de sus agujeras con otro agujero más pequeño. Estaba maquinando su venganza por haberle hecho tal aberración. Me la hubiese arrancado de no ser porque sin ella, jamás volvería a oler el jazmín. Dependía de ella, y quizá ella querría independizarse de mí. Y no lo entiendo, de verdad. Antes solía gustarme, o por lo menos no la notaba colgar como un ser extraño en medio de mi cara. Sentía que sobraba, era un apéndice más. Temía salir, mi nariz apuntaría a alguien en plena calle y no sabría cómo actuar. Mejor me quedo en casa, que la carga el diablo.
Pensé en cubrirla. La odiaba, la odiaba mucho. Con una nariz de payaso sobre ella me sentiría aun más ridícula, si cabe. Sé que la gente al hablarme, le habla a mi nariz. Es ella quien me controla y acapara toda la atención. Intimida y me busca enemigos. Se encoge con inocencia y deja entrever un colmillo. Afilado y violento, como suelen ser algunas palabras. Aún quedaba algo de odio en mí para arremeter contra ese colmillo. ¡Ajá! Era él quien no me dejaba comer helados y me daba patadas con sus raíces. Estaba siendo un mal día. El espejo también tenía la culpa, y el armario empotrado, y la mesa contra la que me golpeo cuando camino a oscuras. Las cortinas y el cepillo de dientes, también. Todas las cosas me odian a mí, y yo sólo sé odiarlas...
De pronto, lo entendí todo. Ya no tenía sentido seguir molesta con mi nariz, ni con mi colmillo. Me había equivocado de nuevo, y dirigí toda mi ira contra unos seres inanimados. Así era todo más fácil, al fin y al cabo las narices no hablan y no pueden defenderse. La culpable estaba detrás de ella, y era yo misma. Yo era ridícula, yo tenía miedo a salir al mundo real. Yo era afilada como un colmillo. Yo me golpeaba con fuerza y me hacía sangrar. Yo...yo podía cambiar las cosas.
Al menos ya no debía preocuparme por mi nariz, no la odiaba, ni siquiera un poco. Adiós narizoctomía.